Un proverbio árabe dice : “No abras nunca los labios si lo que vas a decir es menos bonito que el silencio.” El reciente fallecimiento de una figura tan destacada como el doctor Juan José Rufilanchas me obliga a incumplir este sensato precepto.
No pretendo desgranar su prolífico currículum, donde hay que destacar su importante contribución a la Cirugía Cardiovascular de nuestro país.
Participó activamente en la implantación y desarrollo del nuevo Servicio de Cirugía Cardiovascular y Torácica en la recién inaugurada Clínica Puerta de Hierro desde casi sus inicios en 1964. Se incorporó al año siguiente en la primera promoción de Médicos Residentes del Programa MIR. Hasta entonces el inicial Servicio estaba constituido por el Profesor Diego Figuera como Jefe del Departamento de Cirugía y también del Servicio de Cirugía Cardiovascular y Torácica, teniendo al Doctor Caffarena como Jefe de Sección y a mí mismo como único Residente.
Iniciamos en una instalación provisional en los sótanos de la nueva Clínica la Cirugía Experimental y cuando pudimos prestar asistencia quirúrgica con seguridad a los
pacientes se desarrolló el Servicio de Cirugía Cardiovascular donde se formaron un significativo número de cirujanos que sería prolijo enumerar, que se distribuyeron ampliamente por todo el país, de manera que el Servicio de Cirugía Cardiovascular de Puerta de Hierro fue considerado el transatlántico de la Cirugía Cardiovascular Española.
Estuvimos juntos varios años, donde fui testigo de su profesionalidad humana y científica, centrada en el interés de mejorar la salud de los pacientes, buscando preferentemente el aplauso de su conciencia tanto en el ámbito profesional, en las instituciones hospitalarias oficiales como en su destacada actuación con los números pacientes privados a quienes atendió con mismo esmero y dedicación que a los que operaba en la Seguridad Social. Tras unos años en Puerta de Hierro se traslada como Jefe de Servicio al Hospital Ramón y Cajal y poco tiempo después, monta un espléndido servicio de Cirugía Cardiovascular en el Hospital 12 de Octubre, donde se formaron numerosos especialistas en la materia.
La felicidad debe consistir en conseguir lo que deseas, y estar contento al comprobar que has alcanzado la mayor parte de lo que habías deseado, especialmente cuando compruebas haber hecho el mayor bien posible con el menor mal al intentarlo.
El Doctor Rufilanchas ha dejado un recuerdo importante en la Cirugía Cardiovascular Española por su notable trayectoria profesional y humana.
Se nos ha ido un cirujano cardiovascular, pero ante todo un médico que siguiendo el pensamiento del eminente profesor William Osler practicó su actividad con el cerebro y con el corazón.
Parece mentira como se echa de menos a las personas, especialmente a las que tanto apreciamos, cuando irremediablemente las perdemos, cuando faltan.
Descansa en paz querido Juanjo Rufilanchas. Morir es nacer al recuerdo, y mientras haya alguien que nos recuerde, no habremos desaparecido del todo.