La rotura del septo interventricular tras un infarto agudo de miocardio representa una de las complicaciones mecánicas más graves de la cardiopatía isquémica. A pesar de los avances en el tratamiento de la enfermedad coronaria y la reperfusión precoz, su aparición continúa asociándose a una mortalidad extremadamente elevada.
Históricamente, la estrategia terapéutica ha sido relativamente directa: una vez diagnosticada la comunicación interventricular (CIV), la indicación era la reparación quirúrgica urgente. Sin embargo, los resultados de esta aproximación han sido tradicionalmente pobres. La principal razón es que el septo infartado en las fases iniciales del proceso se encuentra necrótico y extremadamente friable, lo que dificulta la fijación de las suturas y favorece la aparición de dehiscencias o defectos residuales.
En los últimos años, el manejo de esta entidad ha experimentado una transformación progresiva gracias al desarrollo del soporte circulatorio mecánico y a la aparición de nuevas estrategias terapéuticas. En este contexto, el objetivo ya no es únicamente cerrar el defecto lo antes posible, sino estabilizar al paciente, optimizar las condiciones para la reparación y seleccionar la estrategia terapéutica más adecuada en cada caso.
Lo que ha cambiado en los últimos años no es solo el utillaje terapéutico, sino la lógica del tratamiento. El objetivo ya no consiste en cerrar el defecto cuanto antes a cualquier precio, sino en ganar tiempo útil: estabilizar al paciente, contener el deterioro hemodinámico, descargar el ventrículo cuando sea posible y elegir el momento y la estrategia con más opciones reales de éxito.
Los estudios recientes siguen dejando claro que la cirugía continúa siendo, en la mayoría de los pacientes, la terapia definitiva. Pero también confirman que los resultados siguen siendo gravosos, con mortalidades que en registros contemporáneos se mueven todavía en el entorno del 40% al 60%, sobre todo cuando la reparación se realiza demasiado pronto tras el infarto.
Varios trabajos apuntan además en la misma dirección: siempre que el paciente lo permita, retrasar la cirugía puede mejorar el resultado. En algunas revisiones sistemáticas, la mortalidad ronda el 54% cuando la reparación se lleva a cabo en los primeros 7 días, frente a cifras próximas al 18%-20% cuando se difiere más allá de la primera semana, probablemente porque el tejido necrótico ha comenzado ya a consolidarse y ofrece un anclaje quirúrgico menos precario (p < 0,05).
En paralelo, el soporte circulatorio mecánico ha dejado de ser una maniobra de rescate excepcional para convertirse en una pieza central de la estrategia. ECMO y los dispositivos microaxiales tipo Impella permiten sostener a pacientes que antes se deterioraban rápidamente y no alcanzaban una opción reparadora razonable, y han hecho posible el paso desde una cirugía urgente casi obligada hacia un verdadero enfoque de bridge-to-repair.
A esto se añade el cierre percutáneo del defecto, que hoy ocupa un espacio propio en pacientes bien seleccionados, en anatomías favorables o en enfermos cuyo riesgo quirúrgico convierte la cirugía en una opción onerosa o directamente inviable. Y, en escenarios de destrucción miocárdica extensa o fracaso de las estrategias convencionales, el soporte mecánico puede incluso actuar como puente al trasplante cardiaco.
En conjunto, el cuerpo de evidencia reciente sugiere algo bastante paladino: la cirugía sigue en el centro del tratamiento, pero el manejo contemporáneo ya no puede entenderse sin soporte circulatorio mecánico, selección cuidadosa del momento quirúrgico, cierre percutáneo en casos escogidos y una toma de decisiones mucho más individualizada de lo que era habitual hace solo unos años.
COMENTARIO:
La CIV postinfarto sigue siendo una de esas complicaciones que no admiten retórica. Cuando aparece, todo se acelera: el deterioro hemodinámico, la tensión asistencial, la necesidad de decidir con información incompleta y la sensación de que cualquier demora puede ser fatal. Pero también sería un sofisma seguir pensando que la única respuesta válida es operar de inmediato a todos los pacientes. Ahí es precisamente donde más ha cambiado el campo.
Más que una revolución puntual, lo que hemos vivido en las últimas décadas es un cambio de estrategia. La historia reciente de la CIV postinfarto puede leerse, con bastante nitidez, a través de cuatro etapas.
- Primera era: cirugía urgente como reflejo terapéutico.
Durante mucho tiempo, el razonamiento fue lineal: si el defecto generaba un cortocircuito izquierda-derecha con deterioro rápido, había que cerrarlo cuanto antes. Sobre el papel, el silogismo parecía impecable. En la práctica, no lo era tanto.
El gran escollo siempre fue el mismo: operar demasiado pronto significa reparar sobre tejido infartado, blando, necrótico y mal delimitado. Es una cirugía técnicamente ingrata, no solo por el estado clínico del paciente, sino porque el propio septo ofrece un soporte miserable para cualquier sutura. El resultado es conocido: dehiscencia, defecto residual, reparación incompleta y mortalidades muy altas incluso en centros con amplia experiencia.
Por eso no sorprende que las series históricas hayan mostrado cifras de mortalidad que con frecuencia superan el 40%-60%. No era solo un problema de agresividad clínica del cuadro; también lo era de biología tisular y de límites técnicos de la reparación.
- Segunda era: el retraso quirúrgico deja de parecer herejía
Con el tiempo, distintos registros empezaron a mostrar una observación incómoda pero consistente: los pacientes que conseguían llegar a cirugía unos días más tarde solían ir mejor que los intervenidos de forma inmediata.
En algunas revisiones sistemáticas, la mortalidad quirúrgica ronda el 54% si la reparación se realiza en los primeros 7 días, frente a cifras cercanas al 18%-20% cuando la cirugía se demora más allá de la primera semana. La explicación es plausible y clínicamente muy verosímil: el tejido deja de ser pura friabilidad y empieza a ofrecer un plano más fibrótico, más firme y más agradecido para reconstruir.
Ahora bien, conviene no extraviarse con una lectura ingenua de estos datos. El aparente beneficio del retraso quirúrgico está atravesado por un sesgo de supervivencia evidente: solo pueden beneficiarse de la espera los pacientes que sobreviven a la fase inicial del shock cardiogénico. Dicho de otro modo, no todo enfermo puede “esperar mejor”; muchos simplemente no llegan. Ese matiz es ineludible si se quiere leer esta literatura con un mínimo de honestidad.
- Tercera era: soporte circulatorio mecánico y nacimiento real del bridge-to-repair
Aquí sí ha habido un cambio de calado. El desarrollo del soporte circulatorio mecánico ha alterado de verdad el horizonte terapéutico de estos pacientes. Lo que antes era una carrera contrarreloj hacia una cirugía técnicamente ingrata puede transformarse, en casos seleccionados, en una estrategia de estabilización, descarga y reparación diferida.
El ECMO venoarterial ofrece un sostén hemodinámico potente y puede evitar el colapso en pacientes en shock profundo. Pero no conviene idealizarlo: su gran peaje fisiopatológico es bien conocido, porque puede aumentar la poscarga del ventrículo izquierdo y, con ello, empeorar la distensión ventricular o incluso agravar el cortocircuito. De ahí que en algunos casos sea necesario complementarlo con estrategias de descarga.
Los dispositivos microaxiales tipo Impella tienen, en este contexto, un interés particular. Su atractivo no es solo técnico, sino fisiológico: descargan directamente el ventrículo izquierdo, reducen la presión intracavitaria y pueden disminuir el flujo a través del defecto. Esa combinación convierte a estos dispositivos en algo más que una medida de rescate; los sitúa como herramienta estratégica para ganar tiempo biológico y quirúrgico.
En una revisión reciente que reunió 42 estudios con 78 pacientes tratados con soporte microaxial, aproximadamente el 76% pudo llegar finalmente a cirugía, tras una mediana de 8 días de asistencia, con una mortalidad intrahospitalaria cercana al 22% y una mortalidad global alrededor del 27%. Son cifras que hay que interpretar con prudencia por la heterogeneidad y el sesgo de selección, pero el corolario clínico importa: el soporte ya no se usa solo para no perder al paciente, sino para cambiar el tipo de cirugía que acabamos ofreciendo.
Y ese es, probablemente, el verdadero punto de inflexión: pasar de una reparación urgente, hecha a menudo sobre un sustrato hostil, a una estrategia de bridge-to-repair que permita llegar al quirófano en mejores condiciones hemodinámicas y con un tejido algo menos ingrato.
- Cuarta era: individualización real y terapias avanzadas
En este momento estamos entrando en una etapa menos dogmática y más matizada. Cirugía, soporte circulatorio mecánico y cierre percutáneo ya no compiten necesariamente entre sí; forman parte de un mismo nomenclátor terapéutico que debe ordenarse según la anatomía del defecto, el perfil hemodinámico, la edad biológica, la carga comórbida y la capacidad real del centro.
La cirugía sigue siendo el tratamiento de referencia en la mayoría de los casos, pero el cierre percutáneo ha ido ganando un papel razonable en pacientes con riesgo quirúrgico prohibitivo, en defectos seleccionados o como rescate ante defectos residuales tras la reparación. No es la solución universal ni debe presentarse como sinónimo de modernidad, pero tampoco puede verse ya como una opción marginal..
Más allá de eso, algunos trabajos recientes recogen escenarios todavía más complejos en los que el soporte circulatorio mecánico se usa como puente al trasplante cardiaco. En una revisión que reunió 17 pacientes descritos en la literatura, 12 pudieron finalmente llegar a trasplante. La cifra es pequeña y la casuística heterogénea, pero sirve para recordar algo importante: en algunos enfermos, el problema deja de ser la reparación del defecto y pasa a ser la inviabilidad global del ventrículo.
- Mirando al futuro
La enseñanza más útil de esta literatura no es que haya aparecido una técnica milagrosa. No la hay. Lo relevante es que hemos dejado atrás una visión rígida y casi automática del problema. Hoy la pregunta no debería ser solo cuándo cerrar la CIV, sino en qué condiciones, con qué soporte, en qué centro y con qué objetivo realista.
Eso obliga a salir de la lógica aislada del acto quirúrgico y pensar en ecosistema. Estos pacientes exigen un programa, no solo una operación. Exigen coordinación entre cirugía cardiaca, cardiología intervencionista, insuficiencia cardiaca, cuidados intensivos y equipos de soporte mecánico. Exigen intendencia clínica, selección fina y lectura honesta de los límites de cada estrategia.
Porque ahí está una de las claves menos vistosas, pero más decisivas: no todo lo factible es reproducible, no todo lo reproducible es extrapolable y no todo lo extrapolable mejora de verdad el pronóstico fuera de centros muy entrenados. Separar esas tres cosas es lo que distingue la lectura crítica del entusiasmo ingenuo.
En definitiva, la innovación en la CIV postinfarto no ha consistido tanto en inventar una nueva operación como en entender mejor cuándo no conviene precipitarse, cuándo merece la pena sostener, descargar y esperar, y cuándo el escenario obliga a cambiar de objetivo terapéutico. Ese cambio de mentalidad, más que cualquier artificio técnico aislado, es lo que probablemente está redefiniendo el manejo contemporáneo de esta complicación. Porque, también en medicina, los verdaderos saltos hacia delante rara vez empiezan en el instrumental; suelen empezar en la mirada.
REFERENCIAS:
Ghosh S, Halder V, Mishra A, Haranal M, Aggarwal P, Barwad P, et al. Surgical Outcomes of Post-myocardial Infarction Ventricular Septal Defect/Rupture: A Systematic Review and Meta-Analysis. Cureus. 2023 Aug 25;15(8):e44135. doi: 10.7759/cureus.44135.
Wu X, Wang C, Du X, Li Y, He F, Zhao Q, et al. Percutaneous Closure vs. Surgical Repair for Postinfarction Ventricular Septal Rupture: A Systematic Review and Meta-Analysis. Braz J Cardiovasc Surg. 2023 Jul 4;38(4):e20220417. doi: 10.21470/1678-9741-2022-0417.
Perez-Villa B, Cubeddu RJ, Brozzi N, Sleiman JR, Navia J, Hernandez-Montfort J. Transition to heart transplantation in post-myocardial infarction ventricular septal rupture: a systematic review. Heart Fail Rev. 2023 Jan;28(1):217-227. doi: 10.1007/s10741-021-10161-2.
Nasher N, Rahimov D, Mallur K, Macmillan TR, Plestis KA, Rajagopal K, et al. Microaxial Support as a Bridge to Repair in Post-Myocardial Infarction Ventricular Septal Rupture: A Systematic Review and Patient-Level Analysis. Artif Organs. 2025 Aug 17. doi: 10.1111/aor.70000.
Rashid H, Kumar K, Ullah A, Kamin M, Shafique HM, Elahi A, et al. Delayed Ventricular Septal Rupture Repair on Patient Outcomes After Myocardial Infarction: A Systematic Review. Curr Probl Cardiol. 2023 Mar;48(3):101521. doi: 10.1016/j.cpcardiol.2022.101521.
Coyan G, Anand N, Imran M, Gomez H, Ramanan R, Murray H, et al. ECMO and Impella Support Strategies as a Bridge to Surgical Repair of Post-Infarction Ventricular Septal Rupture. Medicina (Kaunas). 2022 Apr 28;58(5):611. doi: 10.3390/medicina58050611.
