Del robot quirúrgico al robot humanoide: ¿está preparado el quirófano de cirugía cardíaca?

Estudio experimental preclínico y artículo de perspectiva que analizan la viabilidad actual de los robots humanoides en cirugía y proponen una incorporación progresiva al quirófano, desde tareas auxiliares de bajo riesgo hasta funciones intraoperatorias de mayor complejidad.

La cirugía asistida por robot convencional nació con un objetivo fundamental: mejorar las capacidades del cirujano. Plataformas como Da Vinci® permiten filtrar el temblor, escalar movimientos, mejorar la visión y aumentar la precisión en espacios reducidos. El robot, sin embargo, sigue siendo una herramienta específicamente diseñada para realizar determinados procedimientos y permanece bajo control directo del cirujano. 

La aparición de los robots humanoides plantea una idea diferente. Su principal ventaja no sería necesariamente operar mejor que nosotros, sino disponer de una plataforma física generalista capaz de desplazarse por un entorno creado para humanos, utilizar nuestras herramientas e interactuar con otros profesionales y equipos. Dos trabajos recientes publicados en revistas del grupo Nature permiten aproximarse a esta posibilidad desde perspectivas complementarias: uno demuestra experimentalmente hasta dónde ha llegado ya esta tecnología y el otro propone cómo debería introducirse, de forma progresiva y prudente, en un entorno tan exigente como el quirófano. 

La pregunta resulta especialmente interesante para la cirugía cardíaca. Pocas especialidades concentran en un mismo espacio semejante cantidad de tecnología, profesionales, dispositivos y decisiones críticas. Precisamente por ello, quizá debamos separar dos cuestiones que a menudo se confunden: que un robot humanoide pueda algún día operar y que pueda resultar útil mucho antes de llegar a hacerlo. 

Liang et al. desarrollaron un sistema de teleoperación laparoscópica basado en el robot humanoide comercial Unitree G1®, adaptado para manipular instrumental laparoscópico convencional mediante una consola con visión estereoscópica. El sistema fue evaluado progresivamente mediante estudios de banco, pruebas de habilidades laparoscópicas y finalmente en un modelo porcino in vivo. 

Las pruebas técnicas demostraron que el humanoide podía trabajar dentro de un espacio quirúrgico compatible con determinadas posiciones de los trocares, aunque con limitaciones relevantes. La latencia entre el movimiento del operador y la ejecución robótica fue de aproximadamente 156 ms y la precisión resultó especialmente deficiente en movimientos curvos. En las pruebas de habilidades, el humanoide obtuvo resultados superiores a la cirugía manual en determinados parámetros, pero permaneció claramente por detrás de la plataforma Da Vinci Xi en las tareas de mayor complejidad. 

Finalmente, un cirujano experimentado realizó dos colecistectomías laparoscópicas porcinas mediante el humanoide teleoperado. Ambas pudieron completarse sin conversión, incluyendo disección, identificación de estructuras y separación de la vesícula del lecho hepático. El clipado del conducto cístico y la ligadura de la arteria cística se realizaron, en cambio, con instrumental laparoscópico convencional, al no disponer de pinzas de clip compatibles con el robot, retomando el control robótico para completar la movilización vesicular. Sin embargo, fueron necesarias diversas interrupciones para recalibración y reposicionamiento, y se identificaron problemas de alcance, fuerza, latencia, sobrecalentamiento y mantenimiento de la esterilidad. 

De forma complementaria, Kernbach et al. proponen un modelo escalonado de integración de robots humanoides en quirófano. Tras una fase preclínica de validación, plantean comenzar por actividades rutinarias de bajo riesgo, avanzar posteriormente hacia tareas de apoyo próximas al campo quirúrgico y reservar las funciones intraoperatorias de mayor riesgo para etapas futuras, únicamente después de demostrar seguridad, fiabilidad y beneficio clínico. 

Los autores del estudio experimental concluyen que los robots humanoides actuales han alcanzado un grado de desarrollo suficiente para demostrar la viabilidad técnica de la manipulación quirúrgica laparoscópica in vivo, pero mantienen limitaciones importantes de precisión, alcance, latencia, estabilidad, esterilidad e integración con el flujo quirúrgico que impiden considerar próxima su utilización clínica. 

Kernbach et al. consideran que su incorporación al quirófano debería producirse progresivamente, comenzando por tareas periféricas y de bajo riesgo y aumentando su responsabilidad únicamente tras demostrar seguridad en cada nivel. Los autores entienden que, al menos inicialmente, los humanoides deben concebirse como colaboradores del equipo quirúrgico y no como sustitutos autónomos de sus profesionales. 

COMENTARIO: 

Hay algo verdaderamente llamativo en el trabajo de Liang et al.: un robot humanoide comercial que no fue diseñado para cirugía ha sido capaz de coger instrumental laparoscópico creado para manos humanas y participar en dos procedimientos quirúrgicos completos en animales vivos. Hace pocos años, esta escena habría pertenecido más a la ciencia ficción que a las páginas de Nature. Conviene, por tanto, no minusvalorar el avance. 

Pero tampoco sobredimensionarlo. El humanoide utilizado en el estudio no es un cirujano autónomo. El cirujano continúa viendo, interpretando y decidiendo desde una consola, mientras el robot reproduce sus movimientos. Incluso en una colecistectomía relativamente estandarizada fueron frecuentes las recalibraciones y reposicionamientos, y la asistencia humana continuó siendo necesaria durante gran parte del procedimiento. Además, las diferencias respecto a una plataforma específicamente concebida para cirugía son todavía considerables. El Da Vinci Xi® fue más rápido, preciso y ergonómico, mientras que el humanoide presentó mayor latencia, errores de movimiento, limitaciones de alcance y una mayor carga cognitiva para el operador. 

Probablemente, sin embargo, comparar directamente ambos sistemas no sea la cuestión más interesante. Da Vinci representa la evolución de una herramienta especializada diseñada para optimizar un acto quirúrgico concreto. El humanoide persigue algo distinto: convertirse en una plataforma generalista capaz de realizar muchas tareas diferentes utilizando un entorno y unos instrumentos diseñados originalmente para personas. Su ventaja potencial no estaría, por tanto, en suturar mejor una coronaria que un robot específicamente diseñado para ello, sino en poder hacer una cosa ahora y otra diferente unos minutos después. 

Esta distinción adquiere especial relevancia en cirugía cardíaca. Imaginar hoy un humanoide realizando autónomamente una anastomosis coronaria, una reparación mitral o controlando una hemorragia inesperada resulta difícilmente compatible con las capacidades demostradas en estos trabajos. La precisión milimétrica, la necesidad de interpretar tejidos deformables, la respuesta inmediata ante situaciones imprevisibles y, sobre todo, las consecuencias de un único error hacen que nuestra especialidad sea probablemente uno de los escenarios más exigentes posibles para la autonomía robótica. 

Paradójicamente, el mismo quirófano cardíaco ofrece multitud de aplicaciones mucho más próximas y realistas. Preparar o acercar material, transportar dispositivos, localizar instrumental, realizar recuentos, manipular sistemas no estériles, mantener cámaras o separadores, colaborar en cambios de instrumental o ejecutar determinadas tareas repetitivas son funciones técnicamente menos ambiciosas, pero potencialmente mucho más próximas a una implementación real. 

La circulación extracorpórea ofrece incluso un ejemplo interesante. No parece razonable plantear que un humanoide sustituya al perfusionista, porque la función fundamental de este profesional no consiste en mover tubos o accionar controles, sino en interpretar continuamente una situación fisiológica cambiante y responder ante acontecimientos inesperados. Sin embargo, sí pueden imaginarse sistemas capaces de ayudar físicamente en determinadas tareas, comprobar material, integrar información de distintos dispositivos, detectar desviaciones de protocolos o ejecutar acciones previamente definidas bajo supervisión humana. Algo similar podría ocurrir con la asistencia ventricular, ECMO o numerosos dispositivos que forman parte habitual de un quirófano cardiovascular moderno. 

Aquí reside probablemente la aportación más interesante del artículo de Kernbach et al. El camino hacia la denominada embodied AI no tiene por qué comenzar sustituyendo al profesional que realiza la tarea más compleja. Puede comenzar descargándolo de aquellas funciones repetitivas, físicas o logísticas que consumen tiempo y atención. El valor del humanoide estaría inicialmente en aumentar las capacidades del equipo, no en reemplazarlo. 

Esta estrategia permite además resolver una aparente paradoja. Un robot con piernas, brazos y apariencia humana puede parecer innecesariamente complejo para transportar material o manejar un dispositivo. Probablemente, para muchas tareas lo sea y una plataforma móvil más sencilla resulte más barata, estable y segura. El verdadero argumento a favor del humanoide aparecería únicamente si una misma máquina consigue realizar muchas funciones diferentes sin modificar sustancialmente un quirófano construido alrededor de la anatomía y movimientos humanos. Su justificación económica y clínica dependerá, por tanto, menos de lo espectacular que resulte una demostración aislada y más de la versatilidad que consiga ofrecer durante toda una jornada quirúrgica. 

Las limitaciones de la evidencia actual obligan, en cualquier caso, a mantener cierta distancia. El estudio in vivo incluye únicamente dos animales, un solo cirujano principal, ausencia de aleatorización, numerosas intervenciones del equipo humano y una tecnología todavía experimental. Haber completado dos colecistectomías demuestra factibilidad, no seguridad clínica. Tampoco conocemos todavía la fiabilidad durante procedimientos prolongados, el comportamiento ante fallos inesperados, el coste real de implementación o la capacidad de estos sistemas para integrarse sin perturbar dinámicas de equipo que en cirugía son esenciales. Incluso algo aparentemente elemental como garantizar la esterilidad continúa sin estar completamente resuelto. 

Además, existe una diferencia fundamental entre teleoperación y autonomía. El estudio de Liang et al. demuestra principalmente capacidad mecánica: el humanoide puede ejecutar físicamente determinadas acciones quirúrgicas. El salto realmente complejo será dotarlo de capacidad para comprender el contexto, anticiparse, decidir qué hacer y reconocer cuándo no debe hacerlo. Ese problema pertenece menos a la robótica mecánica y mucho más a la inteligencia artificial, la seguridad, la regulación y la responsabilidad profesional. 

Por ello, estos trabajos probablemente no anuncian la llegada inmediata del “robot cirujano”. Señalan algo quizá más interesante: la aparición de un nuevo tipo de miembro tecnológico del equipo quirúrgico. En cirugía cardíaca, donde durante décadas hemos incorporado progresivamente perfusión, dispositivos de asistencia, navegación, imagen avanzada, intervencionismo estructural y robótica, no sería extraño que el siguiente cambio afectase no únicamente a cómo operamos, sino a quién, o qué, trabaja a nuestro lado. 

Quizá la pregunta adecuada, por tanto, no sea cuándo veremos a un humanoide realizar una operación cardíaca. Antes deberíamos preguntarnos qué tareas de nuestro quirófano seguimos realizando hoy simplemente porque, hasta ahora, solo una persona podía hacerlas. Es bastante probable que ahí comience de verdad esta revolución. 

REFERENCIAS:  

Liang Z, Thareja N, Zhang P, Joyce C, Atar S, Richter F, et al. In vivo feasibility study of humanoid robots in surgery. Nature. 2026. doi:10.1038/s41586-026-10796-x.  

Kernbach JM, Brat G, Topol EJ, Rajpurkar P. Humanoid robots in the operating room: a framework for staged integration of embodied AI in surgery. NPJ Digit Med. 2026 Jul 13. doi: 10.1038/s41746-026-02853-6. 

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