Donación cardíaca en asistolia: Europa y Estados Unidos, dos formas de ampliar el mismo pool

Estudio observacional, retrospectivo y multicéntrico que compara donantes, receptores, técnicas de recuperación y resultados del trasplante cardíaco DCD en Europa y Estados Unidos.

La donación tras determinación circulatoria de la muerte (DCD, por sus siglas en inglés; donación en asistolia controlada en nuestro entorno) se ha ganado un sitio propio entre las estrategias para ampliar el número de corazones disponibles para trasplante. Su interés, sin embargo, no se agota en sumar actividad: obliga a repensar toda la cadena, desde la selección del donante hasta la elección del receptor, pasando por la técnica de recuperación y la preservación del injerto.

España encarna bien esta nueva etapa. La donación cardíaca en asistolia ha crecido de forma muy importante gracias a un modelo organizativo sólido, a la coordinación intrahospitalaria y a una experiencia creciente en perfusión regional normotérmica toracoabdominal. Pero el reto ha cambiado de naturaleza: ya no consiste solo en trasplantar más, sino en hacerlo con donantes cada vez menos ideales y receptores más complejos.

En este contexto, el estudio de Louca et al. resulta especialmente oportuno, porque compara la experiencia europea y la estadounidense en trasplante cardíaco DCD y ayuda a entender cómo influyen los modelos organizativos, el perfil del donante y la técnica de recuperación en los resultados.

Se trata de un estudio observacional, retrospectivo, multicéntrico e internacional basado en la base de datos Outcomes after DCD Cardiac Transplantation Database. Se incluyeron 504 pacientes sometidos a trasplante cardíaco DCD en 22 centros de Bélgica, España, Reino Unido y Estados Unidos. El objetivo principal fue comparar la supervivencia al año entre centros europeos y estadounidenses; como objetivos secundarios, la supervivencia a corto y medio plazo, la disfunción primaria grave del injerto, el rechazo celular agudo y la necesidad de soporte circulatorio mecánico postrasplante.

La cohorte europea incluyó 223 pacientes y la estadounidense 281. Los donantes europeos fueron significativamente mayores que los estadounidenses (37 frente a 28 años; p < 0,001), mientras que los receptores de Estados Unidos eran de mayor edad, presentaban más diabetes y recibían con más frecuencia soporte circulatorio mecánico antes del trasplante.

La supervivencia al año fue superior en Estados Unidos (91,8% frente a 86,6%; p = 0,043), aunque no se observaron diferencias significativas ni a 30 días ni a 3 años. La clave está en el detalle: al analizar los resultados según la técnica de recuperación, esta diferencia se concentró en los casos de extracción directa del corazón con preservación/perfusión ex situ (DPP), donde la supervivencia al año fue mayor en Estados Unidos (91,9% frente a 82,6%; p = 0,021). En cambio, en los pacientes tratados con perfusión regional normotérmica toracoabdominal (taNRP), donde el corazón se reperfunde y valora dentro del donante antes de su extracción, la supervivencia fue similar entre Europa y Estados Unidos.

Los receptores europeos precisaron soporte circulatorio mecánico postrasplante con mayor frecuencia (17,9% frente a 11%; p = 0,03), si bien la localización geográfica no se comportó como predictor independiente de disfunción primaria grave del injerto en los modelos ajustados. No se observaron diferencias relevantes en rechazo celular agudo entre ambas regiones.

Los autores concluyen que el trasplante cardíaco DCD es una estrategia segura y eficaz tanto en Europa como en Estados Unidos, a pesar de diferencias relevantes en donantes, receptores, técnicas de recuperación y resultados clínicos. Destacan la necesidad de continuar recogiendo datos internacionales para optimizar la utilización de estos injertos.

COMENTARIO:

El principal valor de este estudio no es demostrar que el trasplante cardíaco DCD funciona (eso ya lo sabíamos), sino mostrar que puede funcionar en modelos muy distintos. Europa y Estados Unidos no solo difieren en geografía: difieren en organización, perfil del donante, criterios de aceptación, técnica de recuperación y, probablemente, en cultura clínica.

Recientemente, en Cirugía Cardíaca Hoy analizamos algunas de las ideas presentadas en el 1er Simposio de Trasplante Cardíaco, celebrado en A Coruña dentro del 9º Congreso de la Sociedad Española de Trasplante. Allí quedó claro que el trasplante cardíaco en España atraviesa un momento de gran actividad, pero también de mayor exigencia clínica: donantes más añosos, receptores más complejos, mayor protagonismo del soporte circulatorio mecánico y una necesidad creciente de optimizar la preservación del injerto. En 2025 nos aproximamos a los 400 trasplantes cardíacos en nuestro país y 137 procedieron de donantes en asistolia, aproximadamente el 35% del total. Con esas cifras encima de la mesa, un trabajo como el de Louca et al. se lee en casa, no desde la barrera.

El primer mensaje es tranquilizador. Los resultados globales son buenos en ambas regiones. Aunque la supervivencia al año fue superior en Estados Unidos, no hubo diferencias significativas a 30 días ni a 3 años, y la curva global de supervivencia no separó a los dos grupos. Conviene, por tanto, no leer el estudio como una competición entre sistemas, sino como una confirmación de que el DCD puede consolidarse con seguridad cuando existen experiencia, selección adecuada y una logística bien estructurada.

La diferencia de fondo está en el donante. Los europeos eran de mayor edad y fallecían con más frecuencia por ictus; en Estados Unidos predominaban donantes más jóvenes, con mayor proporción de traumatismo o anoxia. Y este punto no es menor: no todos los corazones DCD son el mismo corazón. Un injerto joven tolera probablemente mejor la isquemia, la reperfusión y la manipulación durante la preservación. Uno más añoso llega con menos reserva funcional y pide una estrategia de recuperación más cuidadosa.

Esto conecta directamente con la situación española. Nuestro crecimiento en donación cardíaca en asistolia no se ha construido sobre el donante joven e ideal. Por eso la pregunta ya no es solo si el corazón puede utilizarse, sino cómo recuperarlo, evaluarlo y preservarlo para implantarlo con garantías.

El hallazgo más interesante aparece en el subgrupo DPP, donde la supervivencia al año fue mejor en Estados Unidos. Cabe una lectura razonable: que esta estrategia rinda especialmente bien cuando el donante es joven y de bajo riesgo cardiovascular, mientras que, en Europa, con donantes más añosos, la recuperación directa y perfusión ex situ dejaría el injerto más expuesto. El estudio no lo demuestra, pero la hipótesis se sostiene clínicamente.

La taNRP emerge aquí como una herramienta particularmente atractiva. En este subgrupo la supervivencia fue similar entre Europa y Estados Unidos pese a las diferencias basales. Esto apunta a que la perfusión regional normotérmica ayuda a recuperar y valorar mejor corazones DCD más complejos. Su valor no está solo en restaurar la perfusión, sino en permitir “ver latir el corazón” dentro del donante y juzgarlo en condiciones fisiológicas antes de extraerlo.

La experiencia española reciente va justamente en esa dirección: donación en asistolia, protocolos estrictos, protección neurológica, coordinación quirúrgica y perfusión regional normotérmica como piezas de una estrategia global. Son estos detalles técnicos y organizativos (no la técnica en abstracto) los que convierten un procedimiento complejo en un programa reproducible.

Otro dato relevante es la mayor necesidad de soporte circulatorio mecánico postrasplante en Europa. Puede reflejar mayor disfunción primaria grave del injerto, aunque aquí toca reflexionar: el uso de ECMO o asistencia ventricular depende también del umbral de cada centro, de la disponibilidad de dispositivos y de la cultura de manejo postoperatorio y de aspectos de financiación sanitaria. Aun así, el dato encaja con la idea de que el modelo europeo asume, de partida, donantes más exigentes.

También es interesante que los receptores estadounidenses fueran más añosos, con más diabetes y más soporte circulatorio mecánico pretrasplante y, pese a ello, sin peores resultados globales. Esto desactiva una lectura excesivamente restrictiva del DCD: estos injertos no tienen por qué reservarse para receptores de bajo riesgo. Pero expansión no es permisividad. La combinación de donante marginal, técnica menos favorable y receptor muy deteriorado sigue siendo, con toda probabilidad, el peor de los escenarios.

Las limitaciones son claras. Estudio retrospectivo y observacional, con el sesgo de selección que ello arrastra. Los centros participantes son programas expertos, de modo que los resultados no se trasladan sin más a centros en curva de aprendizaje. Además, Europa y Estados Unidos no son bloques homogéneos, y faltan variables relevantes como el tiempo de implante, la anteriormente llamada disfunción primaria leve o moderada, el uso y tipo de soporte circulatorio mecánico o detalles más finos de la preservación.

Tampoco puede concluirse que la taNRP sea universalmente superior al DPP. La elección de una u otra estrategia estuvo condicionada por la legislación, los periodos de no intervención tras la parada circulatoria, la disponibilidad tecnológica, la experiencia local y el perfil del donante. Además, las categorías taNRP y DPP agrupan protocolos de recuperación y preservación que no son necesariamente idénticos entre países y centros, con diferencias relevantes en los tiempos de isquemia, la reperfusión del injerto y el uso de perfusión ex situ o almacenamiento estático en frío. Por ello, la comparación entre regiones no debe interpretarse como un enfrentamiento directo entre dos técnicas perfectamente uniformes. El mensaje práctico es más humilde y más útil: la estrategia de recuperación debe adaptarse al tipo de donante y al contexto del programa.

En conjunto, el artículo encaja muy bien con el momento del trasplante cardíaco en España. La donación en asistolia ya no es una promesa, sino una realidad consolidada. El reto ahora no es hacerla más, sino hacerla mejor: seleccionar mejor el donante, elegir la estrategia de recuperación más adecuada, preservar mejor el injerto y optimizar al receptor antes del implante.

La enseñanza final es sencilla: el trasplante cardíaco DCD no es una técnica aislada, sino una estrategia de programa. Su éxito depende de una cadena coordinada de decisiones. España parte de una posición favorable por su organización y su experiencia en donación, pero el margen de mejora está en afinar todavía más el emparejamiento entre donante, injerto y receptor. Recuperar el corazón es solo la primera nota; lo que decide el resultado es toda la partitura.

REFERENCIA:

Louca JO, Öchsner M, Shah A, Schlendorf K, Lima B, Wang CC, et al.; ODDCAT collaborators. A comparison of DCD heart transplantation in Europe and the United States: A multi-center, retrospective study. J Heart Lung Transplant. 2026 Apr 16:S1053-2498(26)01838-3. doi: 10.1016/j.healun.2026.04.007.

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