La cirugía cardíaca asistida por robot atraviesa un momento singular. Tras más dos décadas de desarrollo desigual, concentrado en centros pioneros y sustentado en gran medida por el entusiasmo de equipos altamente especializados, la tecnología parece haber alcanzado un grado de madurez suficiente como para plantear una cuestión diferente. La pregunta ya no es si la cirugía cardíaca asistida por robot puede realizarse de forma segura y eficaz, sino cómo extenderla sin comprometer los resultados que han permitido su consolidación. Es precisamente en este contexto donde la Society of Thoracic Surgeons (STS) publica su documento de consenso sobre formación en cirugía cardíaca asistida por robot.
Lejos de ser una guía técnica sobre procedimientos concretos, el trabajo propone una hoja de ruta para el desarrollo progresivo de programas de cirugía cardíaca asistida por robot. El aspecto más llamativo es que el foco no se sitúa sobre el cirujano individual, sino sobre el conjunto del programa. Los autores entienden que esta modalidad quirúrgica no puede aprenderse únicamente en una consola ni depende exclusivamente de la habilidad técnica. Su implantación requiere una organización compleja y multidisciplinar en la que participan cirujanos, anestesiólogos, perfusionistas, enfermería, instrumentistas, gestores y, por supuesto, pacientes cuidadosamente seleccionados.
El consenso estructura el desarrollo de un programa en cuatro fases secuenciales. La primera corresponde a la preparación institucional. Antes de realizar el primer procedimiento, el centro debe evaluar sus recursos, definir objetivos, identificar líderes clínicos, garantizar el compromiso institucional y establecer vínculos con programas experimentados. La formación inicial incluye simulación, entrenamiento en modelos experimentales, observación de procedimientos y familiarización de todo el equipo con la tecnología. El mensaje es inequívoco: el éxito de un programa comienza mucho antes de que el paciente entre en quirófano.
La segunda fase comprende la puesta en marcha clínica. Durante este periodo inicial, los procedimientos se seleccionan cuidadosamente y se realizan bajo la supervisión de mentores experimentados. El objetivo no es alcanzar rápidamente grandes volúmenes de actividad, sino desarrollar procesos seguros y reproducibles. La coordinación del equipo, la comunicación efectiva y la capacidad para gestionar incidencias adquieren una importancia incluso mayor que la propia ejecución técnica del procedimiento.
La tercera fase corresponde a la consolidación. Una vez superada la curva de aprendizaje inicial, los programas comienzan a ampliar indicaciones y aumentar progresivamente la complejidad de los casos. Los autores insisten en la necesidad de monitorizar resultados de forma continua, identificar áreas de mejora y mantener mecanismos estructurados de evaluación. La experiencia deja de medirse únicamente en número de casos para incorporar indicadores objetivos de calidad y resultados clínicos.
Finalmente, la cuarta fase representa la madurez del programa. En este estadio, el equipo no solo realiza procedimientos complejos con seguridad, sino que desarrolla capacidad docente, participa en la formación de nuevos profesionales y contribuye a la generación de conocimiento. La excelencia deja de definirse por la destreza técnica individual para entenderse como la capacidad de sostener resultados de calidad, formar a otros equipos y garantizar la continuidad del programa a largo plazo.
La propuesta es sólida, lógica y probablemente necesaria. Sin embargo, una lectura pausada del documento deja una sensación interesante: el trabajo habla aparentemente de formación, pero en realidad trata de legitimación. De hecho, los consensos no suelen aparecer durante las fases pioneras de una innovación. Surgen cuando una comunidad considera que una tecnología ha alcanzado suficiente estabilidad como para normalizar su utilización. Desde esta perspectiva, el verdadero mensaje del documento no es cómo entrenar cirujanos en cirugía cardíaca asistida por robot, sino que esta disciplina aspira definitivamente a dejar de ser una actividad excepcional y llegar a convertirse en un estándar de abordaje de múltiples patologías.
COMENTARIO:
El trabajo, firmado por los principales líderes mundiales en cirugía asistida por robot (entre los que se encuentra como cuarto autor el Dr. Pereda del Hospital Clínic de Barcelona), atiende a una serie de cuestiones que debemos analizar críticamente. Y es que, aunque extraordinariamente interesante, el documento no deja de circunscribirse a un marco que cuesta ver reproducido en medios de muchos otros países, incluidos los europeos, y a los que el nuestro no es una excepción.
La primera cuestión tiene que ver con la propia necesidad de expansión. La necesidad de estandarizar de la formación transmite la impresión de que el principal obstáculo para el crecimiento de la cirugía cardíaca asistida por robot es la ausencia de programas estructurados. Sin embargo, cabe preguntarse si ese es realmente el problema. En muchos sistemas sanitarios, particularmente en Europa, las barreras más importantes siguen siendo económicas, organizativas y estratégicas. La existencia de una vía formativa perfectamente definida no resuelve por sí sola el elevado coste de la tecnología, la necesidad de mantener volúmenes adecuados de actividad ni la dificultad de justificar inversiones considerables en un entorno sometido a una creciente presión asistencial. En cierto modo, el documento parece asumir que, si formamos adecuadamente a los equipos, la expansión de la cirugía asistida por robot será una consecuencia natural. La realidad puede ser bastante más compleja. Porque la pregunta no es únicamente quién puede hacer cirugía asistida por robot, sino cuántos centros deberían hacerla y en qué condiciones.
En segundo lugar, resulta llamativo que el esfuerzo dedicado a estructurar la formación sea, en algunos aspectos, superior al destinado a resolver ciertos debates clínicos todavía abiertos. La seguridad y viabilidad de la cirugía cardíaca asistida por robot están razonablemente establecidas en múltiples procedimientos. Sin embargo, persisten interrogantes sobre coste-efectividad, impacto poblacional y ventajas reales frente a otras estrategias mínimamente invasivas ya consolidadas. Esta cuestión resulta especialmente relevante en el ámbito del abordaje de la patología valvular. Durante los últimos veinte años, numerosos centros han desarrollado programas de abordaje por minitoracotomía o puramente toracoscópicos con excelentes resultados clínicos, baja morbimortalidad y una relación coste-beneficio difícil de ignorar. Desde esta perspectiva, la pregunta no es si la cirugía asistida por robot funciona. Probablemente, en un medio y en unas manos adecuadas ya sabemos que funciona. La pregunta es qué problema adicional resuelve y en qué pacientes aporta un beneficio clínicamente relevante respecto a alternativas menos complejas y ampliamente consolidadas. Quizá por ello el consenso evita deliberadamente entrar en comparaciones entre abordajes. Los autores entienden, con buen criterio, que no están elaborando una guía de indicaciones, sino una guía de formación. Sin embargo, la separación entre ambas cuestiones es más teórica que real. La velocidad con la que una tecnología se implanta depende tanto de la calidad de su entrenamiento como de la claridad de su propuesta de valor.
Un tercer aspecto a comentar plantea una paradoja particularmente interesante. Históricamente, la cirugía asistida por robot se ha presentado como el súmmum de la innovación tecnológica. Sin embargo, la principal enseñanza que deja este consenso es justamente la contraria: la tecnología importa menos de lo que solemos pensar. Las cuatro fases descritas apenas hablan de “robots”. Hablan de liderazgo, selección de pacientes, simulación, trabajo en equipo, supervisión, análisis de resultados y mejora continua. Es decir, hablan de principios que explicarían igualmente el éxito de un programa de ECMO, de asistencia ventricular mecánica, de TAVI o de cirugía mínimamente invasiva. El robot aparece como una herramienta sofisticada, pero el verdadero protagonista es, nuevamente, el sistema que la rodea. Probablemente esa sea la aportación más valiosa del documento. Durante años, la conversación sobre cirugía asistida por robot ha estado dominada por cuestiones tecnológicas: visión tridimensional, articulación de instrumentos, plataformas quirúrgicas o avances en ingeniería. Este consenso desplaza el debate hacia un terreno mucho más relevante: la construcción de programas sostenibles, con los mismos principios de siempre, pero utilizando una herramienta o abordaje altamente sofisticado. Dicho de otra manera, la presencia del robot puede que lleve a hacer las cosas de forma diferente. Sin embargo, la clave para su consolidación tal vez consista en haber comprendido que la verdadera innovación nunca estuvo en el robot.
Finalmente, la publicación de este consenso sugiere que la cirugía cardíaca asistida por robot ha alcanzado una nueva etapa. Ya no busca convencer a los escépticos mediante demostraciones tecnológicas ni impresionar con casos excepcionales. Busca algo mucho más difícil: convertirse en una actividad normalizada, reproducible y transferible. En la experiencia de nuestro centro, el Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca, nos encontramos emprendiendo este arduo camino. Una vez publicado este consenso, reconocemos que hemos alcanzado la fase dos, habiendo cumplido la mayor parte de las recomendaciones propuestas en el documento. En nuestro país, el Hospital Clínic de Barcelona atesora la mayor experiencia en este campo y es, gracias a su inestimable ejemplo y asistencia, por lo que estamos pudiendo incorporar esta alternativa de abordaje a nuestros pacientes. Muchas gracias.
REFERENCIA:
Badhwar V, Arghami A, Černý Š, Pereda D, Ramzy D, Patel N, et al. The Society of Thoracic Surgeons Expert Consensus Pathway for Robotic Cardiac Surgical Training. Ann Thorac Surg. 2026 May;121(5):1038-1048. doi: 10.1016/j.athoracsur.2026.01.003. Epub 2026 Jan 29. PMID: 41619927.
