La válvula aórtica bicúspide (VAB) constituye la cardiopatía congénita más frecuente en el adulto y se asocia con dilatación progresiva de la aorta ascendente. Tradicionalmente, la presencia de diámetros ≥4,0 cm ha motivado recomendaciones restrictivas respecto al ejercicio físico, especialmente en actividades dinámicas o con componente estático elevado.
Estas recomendaciones se fundamentan en consideraciones fisiopatológicas plausibles (incrementos transitorios de presión arterial y estrés parietal), pero con escaso respaldo empírico sólido. Paralelamente, el ejercicio regular es una intervención con demostrado beneficio cardiovascular, metabólico y psicológico.
En ese marco, el estudio de Saleh et al. aporta datos longitudinales relevantes sobre la seguridad del ejercicio en pacientes con VAB y dilatación aórtica, un ámbito en el que hasta ahora ha pesado más la cautela que la evidencia.
Se analizó una cohorte prospectiva de 124 pacientes con válvula aórtica bicúspide y dilatación aórtica ≥4,0 cm sin intervención previa (edad media 46,9 ± 11,8 años; 78% varones), seguidos durante una mediana de 8,8 años. Los participantes fueron clasificados según intensidad y duración del ejercicio físico en dos grupos: mayor intensidad/duración (≥4 h/semana de actividades con alto componente dinámico o estático; 56,5% de la cohorte) y menor intensidad/duración. Se realizaron análisis de sensibilidad utilizando un umbral de 2 h/semana y un subanálisis en pacientes con diámetro indexado ≥2,5 cm/m.
No se observaron diferencias significativas en la tasa anual de crecimiento aórtico en el seno de Valsalva, unión sinotubular, aorta ascendente media ni arco proximal entre ambos grupos (aproximadamente 0,15–0,27 mm/año según segmento). En modelos multivariables, el principal determinante del diámetro final fue el tamaño basal (p < 0,001), mientras que la intensidad del ejercicio no mostró asociación independiente con la progresión de la dilatación. No se registraron episodios de síndrome aórtico agudo durante el seguimiento.
El mensaje de fondo es claro: la práctica de ejercicio físico de mayor intensidad y duración no se asoció con una progresión acelerada de la dilatación aórtica en pacientes con válvula aórtica bicúspide y dilatación establecida, lo que obliga, al menos, a revisar el tono restrictivo con el que muchas veces hemos abordado este problema.
COMENTARIO:
Lo más llamativo del trabajo es que, tras casi nueve años de seguimiento, el ejercicio más intenso no se relacionó ni con mayor crecimiento aórtico ni con eventos agudos. Las tasas de crecimiento anual fueron bajas en ambos grupos y clínicamente superponibles (en torno a décimas de milímetro por año según el segmento analizado).
Además, ningún paciente presentó disección ni síndrome aórtico agudo. Incluso la necesidad de cirugía electiva fue comparable entre grupos. Desde la óptica del cirujano cardiovascular, este punto tiene mucho peso: si el ejercicio fuera un desencadenante clínicamente significativo, lo esperable sería ver alguna señal acumulativa a lo largo de casi una década.
También resulta relevante que el diámetro basal fue el principal predictor del diámetro final. Eso refuerza una idea bien asentada en la práctica: el sustrato anatómico inicial pesa más que los factores conductuales en la evolución estructural de la aorta en VAB.
El estudio aborda una pregunta clínica frecuente en consulta: “¿Puedo seguir corriendo o haciendo pesas?”. Hasta ahora, la respuesta solía ser conservadora. Desde el punto de vista fisiopatológico, la preocupación se centra en picos hipertensivos y maniobras de Valsalva. Lo interesante es que este trabajo sugiere que esa exposición repetida a ejercicio estructurado no se traduce, al menos aquí, en una aceleración apreciable del remodelado aórtico.
Tiene interés que en algunos modelos aparezca una interacción estadística entre tiempo y ejercicio en los senos de Valsalva, aunque de magnitud pequeña y sin confirmación tras indexar por talla. Dicho de otro modo: incluso cuando asoma alguna diferencia, cuesta darle un verdadero peso clínico.
El estudio se alinea con literatura previa que muestra bajo riesgo absoluto de disección en VAB y con trabajos en otras aortopatías que sugieren posibles efectos beneficiosos del ejercicio moderado sobre la biología de la pared aórtica.
En la práctica, el mensaje no es que todo valga, sino que la prohibición sistemática quizá no esté bien sostenida en pacientes bien controlados y monitorizados.
Conviene, eso sí, no forzar la lectura del estudio. Se trata de un diseño no aleatorizado, en el que la intensidad de ejercicio depende del comportamiento del paciente y puede existir confusión residual; la actividad física fue autorreportada, lo que introduce posibles sesgos de memoria y clasificación; el tamaño muestral es moderado y procede de un único centro, lo que limita la generalización; no se dispuso de mediciones objetivas de carga hemodinámica durante el esfuerzo; y el bajo número esperado de eventos, dada la infrecuencia de la disección en la VAB, impide descartar incrementos pequeños de riesgo. Además, no se analizó por separado el impacto del ejercicio predominantemente dinámico frente al estático, aspecto especialmente relevante en el ámbito deportivo.
Aun con esas limitaciones, el trabajo obliga a revisar una actitud históricamente restrictiva apoyada más en hipótesis fisiológicas razonables que en datos longitudinales sólidos.
En la práctica clínica, muchos pacientes jóvenes con VAB experimentan una merma significativa en calidad de vida por las limitaciones impuestas. El ejercicio no solo mejora parámetros cardiovasculares clásicos, sino también control tensional, masa ósea, composición corporal y salud mental.
Desde la experiencia clínica, una de las preguntas más frecuentes en consulta es si el paciente puede realizar entrenamiento con pesas. La respuesta difícilmente puede ser categórica. A mi juicio, la clave está en salir de la prohibición genérica y entrar de verdad en la prescripción individualizada de ejercicio. El sedentarismo no es neutro; conlleva un riesgo cardiovascular real y, en determinados perfiles, puede ser incluso mayor que el riesgo teórico que tratamos de evitar con restricciones excesivas. No soy partidario de afirmar “no pesas nunca”, pero tampoco de trivializar el entrenamiento con cargas elevadas. La recomendación debe basarse en el diámetro aórtico, su ritmo de crecimiento y la forma concreta en que se entrena, evitando esfuerzos máximos no controlados y priorizando cargas submáximas con adecuada supervisión, dando prioridad al entrenamiento de fuerza-resistencia frente al de fuerza máxima. En este contexto, más que prohibir, debemos acompañar y monitorizar.
Lo que probablemente no cambia es la indicación quirúrgica basada en diámetro y ritmo de crecimiento. Lo que sí puede cambiar, y probablemente deba hacerlo, es el modo en que hablamos de esto con el paciente: pasar de la prohibición preventiva al acompañamiento responsable.
En definitiva, este estudio no elimina la prudencia, pero sí cuestiona el exceso de conservadurismo. Y eso, en medicina preventiva, es un cambio de paradigma relevante.
REFERENCIA:
Saleh D, Shi M, Malaisrie SC, Simons MM, Gerweck K, Kruse J, et al. Exercise in Patients With Bicuspid Aortic Valve and Aortic Dilation. Ann Thorac Surg. 2026 Feb;121(2):375-383. doi: 10.1016/j.athoracsur.2025.06.044.
